El agua parecía recién inventada. Un pescador enseñó a leer corrientes sin tocar nada, como si pasara páginas de un libro transparente. Me regaló la ubicación de un banco secreto donde el sol calienta la espalda y el ruido del río cabe justo en el cuenco de las manos. Desde entonces, mido los días por la cantidad de brillo que queda pegado a las pestañas después de cerrar los ojos un minuto y respirar despacio.
El vagón olía a barniz antiguo y pan temprano. Frente a mí, una mujer guardaba en el bolso una foto sepia de sus padres en ese mismo tren. Contó que de niña pensaba que el túnel comía sombras y devolvía promesas. Al salir a la luz, señaló un viñedo pequeño que sus manos aún cuidan. Bajó dos estaciones después, dejándome un consejo: anotar los nombres de quienes te sonríen para no perder nunca el mapa verdadero.
En la curva veinte y tantas, el aire faltaba y la risa también. Una ciclista frenó, abrió su mochila y partió un chocolate que sabía a rescate. Hablamos de rodillas temblonas, de piedras que parecen más grandes cuando el orgullo mira, y de cómo las curvas enseñan a doblarse sin romperse. Arriba, el viento golpeó con respeto. Bajamos con prudencia y la certeza de que compartir un bocado puede enderezar pendientes que parecían hechas solo de dudas.